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La crueldad y la tortura animal, marca de España

Me viene a la mente la ultraconocida sentencia atribuida a Alejandro Dumas, “África empieza en los Pirineos”, cuando leo que, en una entrevista en la cadena COPE.

El actual ministro de Educación y Cultura ha afirmado que las corridas de toros son “un ingrediente de la marca de España que requiere protección”, y que el Ejecutivo de Rajoy va a procurar “resaltar su faceta cultural”. Ignoro cuál es la “faceta cultural” de un espectáculo sangriento y salvaje en el que se aplaude el acoso, la tortura y la muerte de un ser vivo. Y resulta curioso cómo el actual ministro de Educación y Cultura parece preocuparse más por seguir perpetuando un espectáculo de dolor y de muerte en lugar de ocuparse de las competencias que dan nombre a su cargo, Educación y Cultura, asoladas ambas dos por los famosos recortes.

Corrida de toros, dícese, según la Real Academia Española de la Lengua , “una fiesta que consiste en lidiar cierto número de toros en una plaza cerrada”; y lidiar, dícese, también según la RAE , “luchar contra el toro incitándolo y esquivando sus acometidas hasta darle muerte”. Es decir, la definición literal de la “fiesta nacional y patria” sería, de un modo claro y sin la manipulación de eufemismos ni circunloquios, “una fiesta que consiste en matar cierto número de toros en una plaza cerrada”. Y dejémonos de pamplinas; la cultura no está en las vísceras maltrechas ni en las bocas sangrantes ni en los lomos despedazados por arpones de un animal; la cultura es un concepto radicalmente opuesto a tales sadismos, propios de zotes retrógrados de la Edad del Neanderthal, que espantan a cualquiera con un mínimo de sensibilidad.

El manido argumento sobre el “arte” y la “cultura” en el mundo taurino que tantos aficionados aducen como su razón de ser, pues que me la cuenten, porque ni trajes de luces multicolores, ni muletas rojo grana, ni pasodobles cañí, ni toda la pueblerina parafernalia que se organiza en derredor de las corridas pueden enmascarar, al menos a mis ojos, la realidad brutal y atroz que preside el espectáculo. Quizás ese “arte” tenga que ver con los ritos con que se acompañan la sentencia a tortura y muerte del toro, quizás tenga que ver con las muecas de falsa superioridad, varonil y chulesca, que muestran los toreros en su afán de aguijonear, marear y confundir al toro para que su agonía y su instinto de defensa no obstaculicen la esperada y ovacionada puntilla final.

Por mi parte, y lo suelo decir a mis amigos aficionados, ni aunque el torero pintara las Meninas o cincelara el rostro de la Venus de Milo haciendo el pino entre capote y capote, sería capaz de percibir arte alguno en una fiesta tan cruel y despiadada, herencia de la España más inquisitorial, oscura y bárbara; esa España del pasado, en que la tortura, el martirio y el dolor eran el pan nuestro de cada día. Esa España que algunos parecen querer perpetuar con una fiesta con la que, por cierto y afortunadamente, cada día se identifican menos españoles.

Soy antitaurina porque respeto la vida y aborrezco la tortura. Una sociedad que la aplaude cuando se ejerce contra un animal no está muy lejos de asumirla cuando se ejerce contra las personas. Un país que legitima el dolor y la muerte como un espectáculo está, a todas luces, muy lejos del humanismo que contempla el respeto a la vida y a todos los seres vivos. Un país que pretende institucionalizar como cultura el maltrato gratuito de un ser vivo es un país que está legitimando la violencia. Porque, en esencia, no es muy diferente la violencia que se ejerce en un coso taurino y la violencia que se ejecuta contra ciudadanos por reclamar sus derechos. No hace muchos años, aunque algunos no quieran recordarlo, a estos ciudadanos se les torturaba y asesinaba como se sigue haciendo con los toros en las plazas. Las corridas de toros no son la marca de España, sino una marca de una parte de España, esa que, como diría Machado, hiela el alma.

Coral Bravo es Doctora en Filología

 

Fuente: elplural.com

 

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Escrito por Tamar Melian

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