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La reforma que necesita España es de mentalidades

Martín Guevara sobrino de Ernesto Guevara

Abrí el periódico sentado en el sillón de cuero frente a un café con leche por degustar y me percaté de que por primera vez en mucho tiempo sostenía en mis manos el matutino de papel.

Ya no es una percepción la de que el mundo de la lectura será digitalizado; en mi caso es un hecho. (…)

 

El diario decía que habría huelga general en España en marzo de 2012, a unos días de aprobada por amplia mayoría del Partido Popular la ley laboral que más daños inflige a la clase trabajadora, que más logros se cepilla de un plumazo, que más modifica el mapa de los emolumentos a percibir y los derechos de los trabajadores, sin modificar no obstante ni un ápice sus pésimas costumbres y usos. Los vicios anti productivos de una ociosa clase sospechosamente llamada trabajadora.

 

Y es que, en efecto, para paliar los daños de una mal llamada crisis ya que muestra visos de status, que incluso amenaza con profundizar antes de estabilizarse, convenía llegar a un acuerdo, a un consenso con las partes interesadas y sentar las bases para la construcción de un nuevo país, de una nueva mentalidad frente al trabajo, habida cuenta que las relaciones de poder a nivel mundial están experimentando modificaciones estructurales que dejarán con toda probabilidad un mapa muy diferente del que estamos acostumbrados a ver -por un lado Estados Unidos rigiendo los destinos económicos del mundo y por otro Alemania, Francia e Inglaterra desde Europa apuntalando esa supremacía occidental. Parece que el castillo de naipes, si bien no se viene abajo del todo, sí que pierde algunas de sus plantas superiores, aquellas armadas con mayor dificultad, desde las cuales el mundo se observa por encima del hombro. No se invertirá la tortilla, pero parece que ya no gozarán de esa diferencia tan abismal con el resto de las civilizaciones, que les permitía dormirse en los laureles.

 

Y, a España, ese octavo lugar entre las economías desarrolladas del mundo que ostentó alguna vez lamentablemente lo más probable parece ser que le vaya a sonar a lengua olvidada, a leyenda perdida en el magma de los tiempos. Porque con suerte y muchísimo esfuerzo podrá resituarse al nivel de las sanas y competitivas economías pujantes de los países satélites de las potencias emergentes asiáticas más Brasil. No del todo halagüeño el panorama que aparece pintado en el horizonte.

 

Sin lugar a dudas había que darle unos retoques a los hábitos adquiridos en los últimos cuarenta años de enorme crecimiento, desproporcionado con la educación del nuevo proletario burgués, con el aprovisionamiento del acervo cultural de éste para su novísimo nivel. Almuerzos opíparos, parones para descansar y siestas que ya es imposible cristalizar por la lejanía del trabajo y la casa, extensos descansos para desayunar en medio de la mañana, largos períodos de tiempo de vacaciones extras a las correspondientes, por fechas festivas en su mayoría religiosas, puentes, fiestas regionales, pagas dobles, cestas, cenas de empresas, variadas maneras de la alegría ibérica y un extenso etcétera que llevaría demasiado espacio enumerar pero que se resume en dos palabras: escasa productividad.

 

Con arreglo al mundo tal como lo conocemos, Alemania paga la factura, y hasta ayer no muy a desgano, ya que no era poco lo que ganaban teniendo a los países mediterráneos de rasgos displicentes, como consumidores exclusivos de su tecnología de punta. Pero esto se está modificando a pasos muy aligerados.

 

Nadie parece ya querer subvencionar a nadie.

 

Pero de ahí a ocasionar un tajo transversal en los derechos elementales de la clase productiva, sin el más mínimo consenso, a través de una ocultación institucional a todos los niveles y no desprovista de toda suerte de engaños y estafas a nivel de propaganda electoral, va un trecho que conviene al menos analizar antes de ser andado.

 

La reforma laboral debería contener cambios que apuntasen a una recuperación no sólo del número de empleos, sino de la eficacia del sistema. Y en este apartado si bien los empleados suspenden con una nota llamativamente baja, los empleadores no le van a la zaga. La medida se ceba exclusivamente en convertir lo más posible una clase obrera europea en una oriental, pero no toca en absoluto las modificaciones de la clase empresarial española, a la sazón mucho más vetusta e inapropiada para hacer frente a los nuevos desafíos que los actuales damnificados.

 

El empresariado español es básicamente pre capitalista, con muchos comportamientos feudales en sus manejos, muy apegado a formas de relación con el poder que resaltan por su carácter corrupto al ser observadas bajo un prisma moderado y moderno. Este empresariado recurre muy a menudo al pago de prebendas, de comisiones de tajadas a los representantes del poder público, como medio de obtener las licencias que le permiten desarrollar sus actividades lucrativas.

 

La altísima connivencia de los asuntos privados con los poderes públicos y la escasísima percepción de incurrir en una falta o delito que en España se tiene, dados los inexistentes castigos que estas prácticas delictivas conllevan, unido al adocenamiento de sus políticas empresariales, y a la práctica dinástica dentro de las empresas, incluso en la concepción popular de que el patrón debe ser el mismo que lo es desde tiempos pretéritos ya que sabe cómo hacerlo, cuando es justamente lo contrario, hacen que sea de carácter urgente una ley de reformas del mercado laboral pero en lo que atañe a cúspide de la pirámide jerárquica precisamente.

 

En el sentido de la corrupción, mucho hay que trabajar, que legislar y que sentenciar, y respecto del atraso cultural del concepto de empresa se haría bien en insistir en las buenas prácticas a través de manuales, de la televisión, de cursos, en fin, de mecanismos represivos unidos a la profilaxis y la educación. Del mismo modo que con la clase trabajadora.

 

Estamos acaso en uno de los tiempos menos propicios para la algarabía y el festejo, en horas muy bajas de la moral colectiva, los corruptos salen airosos de los combates dilécticos y legales, y sus perseguidores resultan gravemente lesionados por las leyes que deberían auxiliarlos. Está el país al revés. Y de este contexto no se salva la masa que forma la sociedad. El empleado debe hacer un esfuerzo para trabajar acorde al nivel de vida que desea mantener o bien aceptar de buena gana el tren de vida que corresponde a su actual productividad. Sin que ello suponga una merma de los derechos obtenidos por luchas pretéritas. Y el tejido empresarial debe hacer votos por cambiar radicalmente su estructura mental, y valorar más los recursos humanos buscando fórmulas que promuevan la eficacia en detrimento de las rémoras que premian el presentismo y la obsecuencia jerárquica.

 

Pero nada de eso encontré en el periódico. Sólo una esquela debajo del anuncio de la huelga general, como contrapeso a las fuertes medidas antipopulares impuestas por decreto, que dice que el gobierno promueve un código de buenas prácticas, a través del cual apela a los buenos sentimientos de la banca, la misma que condujo a esta situación de descalabro económico sin ruborizarse demasiado, para que muestre tener su porción de corazoncito con el desgraciado que deba sufrir un desahucio, que en España va acompañado de la permanencia de la deuda adquirida de por vida aunque se entregue el bien hipotecado, y se le perdone la deuda. Siempre que el banco así lo desee hacer.

 

Le seguía de lejos la sección de deportes, a la que acudo sin demasiado preámbulo, a falta de contratapa cómica como en Argentina, cuando siento que el contenido de lo que estoy leyendo, por su tenor graso comienza a ponerse espeso, denso, o cuando está a punto de conseguir enrabietarme, en una de las pocas mañanas, de las últimas, en que leeré el diario de papel, arrebujado en mi sillón de cuero frente a la humeante taza  aromática.

 

 

Martín Guevara | martinguevara.over-blog.es

 

 

Escrito por Tamar Melian

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