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Éxodo a la española

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España ya no es la que era, ni siquiera la que iba a ser. Cientos, miles, docenas de miles de chavales agarran el petate y se largan al extranjero, donde sea, cuanto más lejos mejor.

No es como cuando nuestros abuelos se iban a hacer las américas y volvían con una fortuna portátil en las manos; ni tampoco lo mismo que cuando nuestros padres marchaban a trabajar de albañiles o de camareros unos años para sacarse unos ahorros y regresar. Ahora se va la generación más preparada de nuestra historia (médicos, científicos, ingenieros, licenciados, doctorados) hartos de un panorama negro como la pez, de un país que sólo ofrece oportunidades a mangantes, lameculos e inútiles en general.

 

Y se van para no volver, no ya porque aquí no haya futuro, que no lo hay, sino porque el poco presente que nos quedaba lo vamos dilapidando a ritmo de pasodoble. Una monarquía putrefacta, una justicia empantanada, una casta política corrupta o inepta dan la medida del país. Se están yendo los cerebros y se quedan los culos, los estómagos agradecidos, también los pobres que no tienen ni petate que liar ni piernas para echar a correr.

 

Luis León, un amigo al que encontré en facebook trabajando de cocinero en Canadá, me dice que él no piensa volver, que ya está arreglando los papeles de inmigración para quedarse allí. No es un mal sitio para residir, algo frío, pero hace más frío aquí y más frío que va a hacer. Luis no es el único sino sólo uno más de los miles y miles de exiliados forzosos que se han lanzado al ancho mundo en busca de un curro, de una tabla de salvación. A este paso, facebook se va a convertir en la provincia más grande de España, la más joven desde luego, y la más lúcida también.

 

Esto es algo que siempre le agradeceremos a Mariano, pero también a José Luis, que estuvo ocho años llevando el relevo; a Jose Mari, que forjó una prosperidad con techo de cemento y pies de barro, un linaje de oligarcas analfabetos y jornaleros eruditos; a Felipe, que despilfarró una década en pelotazos y bonsáis; a todos y cada uno de los mandamases que siguieron promocionando una España de charanga y pandereta, un país de servicios, de camareros, de chapuzas, de banqueros impunes, de juerga y chirigota.

 

Lo que ha quedado, después de la juerga, es un lodazal devastado, una olla podrida, una corrida de toros humanos, un hazmerreír, un hazmellorar donde el dinero público se va por el desagüe de los eres andaluces o esquía tranquilamente por las cuentas suizas. Gracias a todo eso y a los hospitales desguazados y los colegios reconvertidos en guarderías se ha actualizado de golpe aquel escalofriante soneto de Quevedo en que no veía cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte. El último que apague la luz.

 

David Torres

 

 

Fuente: publico.es

 

 

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