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Contra la abstención

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Es de temer lo que ocurrirá en Europa desde el próximo lunes: en la mayoría de países se prevé que gane la extrema derecha o alcance resultados sobresalientes.

Por tanto, y para defenderse, solo cabrá la alianza entre la derecha y la socialdemocracia, como ya apuntó Merkel. Suponiendo que la extrema derecha no consiga acuerdos con los partidos conservadores, sin duda tendrá una fuerza de presión considerable. Eso es una muy mala noticia para España, gane quien gane aquí.

 

Porque, efectivamente, ya no se puede gobernar sin contar con Europa y los aires que corran. La izquierda española, la que no es el PSOE, según los doctos apologetas de la crítica, quedará muy herida. Legitimarán los privilegios, las desigualdades, la pobreza, el cercenamiento definitivo de los derechos de los trabajadores, legislación conservadora, economía aún más brutal, libertades en cuarentena. Una perspectiva desoladora, no siendo optimista ni pesimista. Naturalmente, el partido de la derecha española, que creo que es el PP, se verá fortalecido, sin enemigo sólido que se oponga. Salvo que el PSOE le echase cuajo y decencia histórica al asunto, en el que hasta ahora está sumido en el compincheo y la unidad de decisiones en lo económico. Véase el proyecto de Tratado de Libre Comercio con EEUU como muestra. La ‘verdadera’ izquierda será arrinconada y los movimientos sociales se oscurecerán. Sí, un nuevo fantasma recorre Europa, el fantasma del fascismo, de los poderes económicos aún más crueles, el fantasma de lo más reaccionario de nuestra historia. Europa continuará su construcción con material de desecho.

 

Los abstencionistas se arrepentirán, aunque España solo sea la vigésimaoctava parte de Europa. Pero también se arrepentirán los abstencionistas de los otros 27 países, asimismo con unos índices muy altos. Tal vez sea el momento de la diáspora y de salir huyendo, el momento de que el intento de Europa pasase a ser un recuerdo. En cualquier caso, será el momento de iniciar la travesía del desierto en la que nos pasamos la vida, el momento de la desconfianza, el de la confusión, el del miedo, el momento de volver al mapa de colores de siempre.

 

¿Tampoco en esto los abstencionistas tendrían su cuota de culpa?, ¿no quedarían concernidos desde su superioridad de sentirse por encima del bien y del mal como juzgadores de la historia? Porque el fascismo rampante no es un derribo y cambio de sistema, es el mismo reforzado. ¿Abstenerse no es en cierto modo colaborar con lo que venga, renunciar a luchar, creerse en posesión de la verdad nunca cristalizada? La abstención es lo antisocial, por mucha legitimidad que tenga, que desde luego la tiene y toda. La abstención es no rellenar el crucigrama de la vida, un triste y cómodo destino. Abstenerse es estar muerto.

 

Una pregunta: Los anarquistas históricos y decisivos que daban esplendor al movimiento, ¿votaban?

 

Arturo González

 

 

Fuente: publico.es

 

 

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