Viernes, 03 Mayo 2013 10:56

¿Es Rajoy un bobo solemne?

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Recuerdo los tiempos en que Rajoy trataba de ser un Ultrasur parlamentario. Qué no habrá hecho este hombre para ser presidente del Gobierno. Aconsejado por sus modistos electorales, se calzaba las botas de caña alta y su bomber de chaqueta cruzada y corbata a juego para subir a las gradas del hemiciclo presto a armar bronca, a dejarse la garganta y los modales de buen chico de familia conservadora.

En aquel tiempo de loca oposición se empleaba todo lo a fondo que le permitía su estilo desalinizado, pero Mariano no podía evitar sentirse a miles de millas de su zona de confort, fuera de lugar, como el niño tímido e ignorado que se levanta de repente en mitad de la clase para contar a destiempo un chiste malo que sólo empeora su situación. Él quería el aplauso de la pandilla. Sólo eso. Y ser presidente. Eso también. ¿Es que era mucho pedir? Pero la grada de Pujalte, Montoro y Trillo sólo bramaba y sacaba bengalas si decía barbaridades. Aunque el pobre Rajoy tuviese que soltarlas con los mofletes sonrojados y mientras apretaba con el dedo las gafas, llevándolas contra el entrecejo, más como un tic de nerviosa incomodidad que en respuesta a una montura mal ajustada.

 

En cada intento de improperio ingenioso, Rajoy buscaba la complicidad del populacho popular; como diciendo, sin poder controlar del todo la baba, “¡hala, lo que he dicho!”. La verdad es que nunca sabía bien Mariano si los suyos le jaleaban o se reían de él maliciosamente, como harían seguro esos chicos del colegio con el niño callado del chiste inoportuno. Y es que en aquel tiempo Rajoy tampoco tenía amiguitos del alma, como por ejemplo los tenía el presidente valenciano Camps. No había en el PP quien no quisiera calentarle la silla en permanencia, sabedores –ilusos- de que el campeón de los batacazos electorales ya no tardaría en besar la lona. En dejar el puesto libre.

 

Pero él seguía. Y hubo un día en que el intento de ser un machote deslenguado fue especialmente fallido. Ahí, frente a un atril, con la mirada en el suelo y las orejillas ardiéndole de incomodidad, le espetó al entonces presidente Zapatero: “¡Bobo solemne!”. Y hubo un silencio incómodo. Un pasar de arbustos de película del Oeste. No se rieron ni los suyos, que parecían no saber dónde meterse.

 

Bobo solemne. Bobo y solemne. Bobo. Solemne. ¿Qué clase de insulto pusilánime era ése?, pensaban los populares. Sonaba a impotencia engomada, a enaguas de Luis XIV de Francia, a berrinche de público de tenis. Bobo solemne… Qué tontería.

 

Pero pasaba el tiempo y Rajoy no se bajaba de la máquina de hacer volteretas electorales. Tantas hizo, que él mismo, Rajoy -ya casi Don Mariano-, empezó a atormentarse con la posibilidad de estar convirtiéndose también él en un bobo solemne, aunque jamás llegase a comprender del todo lo que quiso decir con esas palabras.

 

Rajoy miente

 

Quizás se hiciese la pregunta cuando saltó el flash de la fotografía que encabeza este artículo, donde sale con cara de arrepentirse del posado en el último momento, como si el ligero apretar de cejas y una mínima tensión en los brazos revelasen el deseo de disponer de unos segundos más para decir al fotógrafo que parase, que quizá no fuera una buena idea haberse dejado el pudor en casa esa mañana. Él, que no es Gallardón, hubiera abortado todo aquello allí mismo. Pero la foto resumen de su mandato ya volaba por el obturador; con Mariano allí, embutido en una gabardina del Inspector Gadget y con la sensación de no llevar nada debajo, de estar tan congelado como el sufrimiento de esa fila de personas que usó simplemente de atrezo.

 

Pero el asunto funcionó. El niño impopular fue presidente con los populares. Dejó de frecuentar las colas del paro y se fue a vivir de cintura para arriba a los televisores de plasma. Y ya en el poder sacó de su gabardina las gadgetotijeras hasta quedarse sin arbusto. Y probó a decir aquello de “adelante gadgetoempleos prometidos”; pero sólo salió un muelle suelto y sin herramienta de su sombrero. Y hoy le asaltan las dudas, claro. Ya no está tan seguro de que el traje de presidente le siente mejor que el de hooligan. Un año y medio después reconoce que al final de su mandato habrá más desempleo que cuando llegó, que ésta es una legislatura muerta de boba y austera solemnidad. Y que no piensa hacer nada más para remediarlo. No habrá plan de choque ni medidas que den alivio al indicador que más daño hace a los españoles. Toda una opción de ideológica resignación. Todo un suicidio colectivo. Y la pregunta ya está en el aire: ¿Será un resignado solemne capaz de convocar elecciones y dejar paso a alguien con soluciones concretas, o será un bobo solemne más?

 

 

Fuente: publico.es

 

 

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Tamar Melian
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